Cada 19 de agosto, el calendario global se detiene para celebrar el Día Mundial de la Fotografía. La fecha no es casualidad: conmemora el día exacto de 1839 en que el gobierno francés compró y liberó al mundo la patente del daguerrotipo, el invento de Louis Daguerre que permitió por primera vez fijar una imagen real mediante procesos químicos. Aquella chispa demoró muy poco en cruzar los mares.
Chile, que apenas forjaba su vida republicana, recibió los primeros equipos y daguerrotipistas en el puerto de Valparaíso a principios de la década de 1840, convirtiendo al país en uno de los pioneros de Sudamérica en adoptar este «espejo con memoria».
Desde entonces, la fotografía en suelo chileno pasó de ser un lujo exclusivo de estudio —donde las familias de alcurnia posaban rígidas como estatuas durante minutos enteros para evitar que la imagen saliera «movida»— hasta democratizarse con la llegada de las cámaras portátiles de rollo a lo largo del siglo XX. Hoy, en plena era de los teléfonos inteligentes, vale la pena abrir el cofre de la memoria colectiva y revisar cómo éramos, cómo nos retratábamos y cuáles eran esos pequeños rituales cotidianos que hoy provocan una entrañable sonrisa nostálgica.
Los chascarros típicos de las fotos de antes
La fotografía análoga tenía un componente de adrenalina pura. No existía la pantalla trasera para revisar el resultado; la incertidumbre dominaba cada salida familiar, cumpleaños o paseo al litoral central.
Velar las fotos y abrir la cámara por error:
El clásico drama infantil o del pariente desinformado. Abrir la tapa trasera de una cámara de rollo a plena luz del día significaba una catástrofe instantánea. La luz entraba de golpe, quemaba el material virgen y arruinaba por completo las verdaderas «joyas» de las vacaciones que aún no habían sido reveladas.
Ir a buscar el sobre y encontrarlas todas corridas o con caras feas:
El momento de retirar el sobre con las fotos recién reveladas en el clásico laboratorio de la comuna o en el centro (como los recordados estudios de Ahumada o Huérfanos en Santiago) era de alta tensión. El veredicto solía incluir a alguien con los ojos cerrados, una sombra gigante producto de un mal cálculo del flash, o la mitad de la familia cortada de la toma.
Que de 36 fotos salieran rescatables solo 5:
Los rollos tradicionales venían por lo general de 12, 24 o 36 exposiciones. Considerando que revelar e imprimir costaba dinero, cada disparo se meditaba. Sin embargo, factores técnicos hacían que al final de la jornada el saldo fuera lapidario: dedos metidos sin querer en el lente, fotos al suelo o paisajes oscuros donde solo se distinguía un punto brillante.
Te regalaban un álbum de cartón y terminabas coleccionándolos:
Era una tradición comercial clásica de las casas fotográficas de antaño. Al revelar una cantidad determinada de rollos, te obsequiaban un álbum de tapas de cartón o cuerina con bolsillos plásticos transparentes. Con los años, las familias acumulaban bibliotecas enteros de lomos fechados con caligrafía manuscrita: «Navidad 1994», «Paseo a Algarrobo 1998».
Cortar prolijamente la foto familiar si el pololo o polola de turno ya era historia:
La tijera cumplía un rol fundamental en la edición analógica hogareña. Si una relación terminaba de mala manera, no bastaba con bloquear de redes sociales: había que tomar las tijeras y recortar quirúrgicamente al exnovio o exnovia de la foto del matrimonio o del paseo al cajón del Maipo, dejando muchas veces un espacio vacío o el brazo de alguien colgando en el aire.
El ritual sagrado de ir a comprar rollos:
Antes de cualquier hito importante —el Año Nuevo, el 18 de septiembre, la licenciatura o el viaje de estudios—, la parada obligatoria era en la farmacia o en la tienda especializada a encargar los rollos de película (las marcas Kodak o Fujifilm de 100 o 400 ISO mandaban en el mercado). Elegir el rollo correcto era el primer paso del aspirante a fotógrafo.
Del «se demoran días» a la locura de la hora:
Durante décadas, revelar un rollo implicaba dejarlo en el local y volver a buscarlo tres o cuatro días después. Vivir la llegada de los laboratorios «Minilab» en los años 80 y 90, que prometían las fotos en «una hora», se sintió como ciencia ficción pura. Ver salir las tiras de negativos y las copias en papel brillante en tiempo récord cambió la dinámica social chilena.
Las cámaras fotográficas que marcaron época en Chile
A lo largo del siglo pasado, el mercado chileno fue testigo del desfile de tecnologías mecánicas y ópticas que pasaron por las manos de padres, abuelos y reporteros gráficos callejeros.
Antiguas, grandes y de metal:
Los pesados aparatos de fuelle o las robustas cámaras mecánicas de cuerpo metálico (como las legendarias Zenit soviéticas o las clásicas Pentax y Nikon mecánicas). Exigían dominar el triángulo de exposición —apertura, velocidad e ISO— de forma puramente manual, utilizando un exposímetro externo o calculando «a ojo» según el sol de Santiago.
Polaroid:
La magia absoluta de la inmediatez antes del mundo digital. Sacar una foto y ver cómo la cartulina blanca comenzaba a revelar la imagen en tus propias manos al agitarla suavemente en el aire era un verdadero espectáculo en cualquier fiesta de cumpleaños de los años 80 y 90.
Desechables:
Las salvadoras de los viajes de egresados, las colonias de verano o los matrimonios playeros. Cámaras de plástico económicas, precargadas con un rollo, que se compraban en cualquier kiosco o botillería, sin opción de enfocar demasiado y con un flash de ruedita que exigía una carga manual a pura fricción de pulgar.
Pequeñas de plástico y visor directo («Point & Shoot»):
Las famosas cámaras compactas de los años 90 (como las Olympus Infinity o diversas alternativas de marcas genéricas). Cabían en el bolsillo de la chaqueta, tenían un flash automático inclemente que dejaba a todos con «ojos rojos» brillantes y facilitaban la vida a cualquier aficionado gracias a su enfoque automático por infrarrojos.
Frases típicas de la trastienda fotográfica
- «Mire el pajarito»
- «Whiskyyyy»
- “Espagueti
- Países angloparlantes: “Say cheese” (Digan queso)
- España: “Diga patata»
- Japon: “Pocky” (nombre que una popular compañía china que comercializa galletas recubiertas de chocolate)
- Italia: “Sorridi”
- Francia: ‘Ouistiti’ (mono Tití)
- Corea: “Kimchi”
La era digital, el celular y la tiranía de la abundancia
La llegada de las cámaras digitales en las décadas de 1980 y 1990 transformó esta industria al permitir capturar, almacenar y visualizar fotografías de manera inmediata. Sin embargo, el cambio más profundo ocurrió a comienzos del siglo XXI, cuando los teléfonos móviles incorporaron cámaras integradas. El lanzamiento de modelos pioneros como el Sharp J-SH04 en el año 2000 marcó el inicio de una revolución tecnológica que, en pocos años, desplazó a las cámaras compactas tradicionales y convirtió al teléfono móvil en el principal dispositivo fotográfico del planeta.
La masificación de los smartphones cambió para siempre la manera en que las personas registran y comparten su vida cotidiana. La combinación de conectividad a internet, redes sociales y cámaras cada vez más sofisticadas impulsó un crecimiento explosivo de la fotografía móvil.
La aparición del iPhone en 2007
Desde la aparición del iPhone en 2007, los fabricantes comenzaron una carrera tecnológica que incorporó sensores de mayor tamaño, múltiples lentes, estabilización óptica y sistemas avanzados de procesamiento digital de imágenes. Como resultado, millones de usuarios dejaron de llevar cámaras dedicadas y pasaron a utilizar exclusivamente sus teléfonos para capturar recuerdos, acontecimientos y noticias en tiempo real.
Hoy, los teléfonos inteligentes alcanzan estándares de calidad que hace apenas dos décadas parecían reservados para equipos profesionales. La fotografía digital moderna se caracteriza por la alta resolución, el uso de inteligencia artificial para optimizar imágenes, la fotografía computacional, el modo nocturno, el HDR avanzado, el reconocimiento automático de escenas y la grabación de video en alta definición e incluso en 4K o superior.
Además, las imágenes pueden almacenarse en la nube, editarse instantáneamente y compartirse a nivel global en segundos. Más que una simple evolución tecnológica, el smartphone ha democratizado la fotografía, convirtiendo a cada ciudadano en un potencial fotógrafo, cronista o reportero de su tiempo.
También puedes leer en Radio Imagina. Pasajeros aterrados aseguran haber vivido algo inexplicable en estación de Metro Universidad Católica
