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Amo las vacaciones siempre que impliquen desconexión. Por eso no disfruto salir con el gran grupo familiar o de amigos: me agobia. De hecho, el simple hecho de tener que ponerse de acuerdo sobre dónde almorzar y a qué hora ya me hace temblar el ojo. Como verán, mi naturaleza es más bien solitaria, o de muy poquitos, y lo reconozco. Al mismo tiempo, admiro a quienes saben moverse por todos partes acompañados de una gran tribu.
Precisamente para ellos está dirigida esta nota, que ofrece buenos consejos para lograr vacaciones familiares con reglas y normas propuestas por expertos, con el fin de “mantener la fiesta en paz” durante dos a tres semanas.
¿Qué ocurre cuando la familia pasa más tiempo junta?
Las vacaciones suelen estar cargadas de expectativas: descanso, disfrute y fortalecimiento del vínculo. Sin embargo, la evidencia muestra que pasar más tiempo juntos no garantiza automáticamente bienestar. Diversos estudios en psicología familiar y ciencias sociales coinciden en que el estrés durante el descanso no proviene de la convivencia en sí, sino de la falta de estructura, acuerdos explícitos y claridad en roles, normas y expectativas.
Investigaciones publicadas en Annals of Tourism Research y en revistas de psicología familiar señalan que las vacaciones pueden fortalecer la cohesión, la comunicación y el sentido de pertenencia, siempre que exista una organización previa de la convivencia. El tiempo compartido actúa como un amplificador de las dinámicas habituales: puede profundizar el vínculo, pero también intensificar conflictos latentes.
Cuando durante el año existen dificultades de comunicación, roles rígidos o tensiones no resueltas, el aumento del contacto diario suele hacerlas más visibles. En este sentido, las vacaciones funcionan como un espejo del funcionamiento familiar cotidiano, más que como un espacio mágico de armonía espontánea.
Roles y responsabilidades
Uno de los principales focos de tensión en vacaciones es la distribución de tareas y responsabilidades. Más allá de las labores visibles (cocinar, ordenar, limpiar), la investigación en ciencias sociales ha puesto énfasis en la carga mental: el trabajo invisible de planificar, coordinar, anticipar necesidades y tomar decisiones.
Este tipo de carga recae de manera desproporcionada en ciertas personas —frecuentemente mujeres— y puede anular la sensación de descanso incluso en contextos de ocio. La evidencia muestra que cuando la carga mental no se explicita ni se distribuye, aumenta el resentimiento y disminuye la percepción de equidad familiar.
Buenas prácticas basadas en evidencia:
- Conversar antes de las vacaciones sobre expectativas y capacidades reales de cada integrante.
- Definir responsabilidades visibles e invisibles (tareas domésticas, planificación, compras, organización de actividades).
- Distribuir y rotar tareas de manera explícita y consensuada.
Estructura sin rigidez
Las vacaciones no implican la suspensión total de normas. Desde la terapia familiar sistémica se señala que la ausencia absoluta de límites suele generar desorganización y aumento de conflictos, especialmente cuando hay niños y adolescentes, quienes necesitan marcos predecibles para sentirse seguros.
Los no negociables:
- Seguridad personal y familiar.
- Respeto interpersonal y comunicación sin violencia.
- Cumplimiento de acuerdos básicos previamente establecidos.
Los negociables:
- Uso de pantallas y dispositivos.
- Horarios flexibles según edad y contexto.
- Equilibrio entre actividades individuales y compartidas.
Permisos, autonomía y límites en hijos
Durante la adolescencia, la búsqueda de autonomía se intensifica y en vacaciones suele expresarse en solicitudes de mayor libertad. La evidencia psicológica indica que otorgar autonomía progresiva favorece el bienestar emocional, siempre que esté acompañada de límites claros y consistentes.
Estrategias recomendadas:
- Vincular permisos a responsabilidades previamente cumplidas.
- Establecer horarios de regreso y canales de comunicación claros.
- Conversar desde la empatía, validando necesidades sin renunciar a la función parental.
Rutinas flexibles
Estudios publicados en Journal of Child and Family Studies muestran que las rutinas familiares se asocian con menor conflicto, mayor cooperación y mejor clima emocional durante periodos de convivencia intensiva.
No se trata de rigidez, sino de previsibilidad mínima:
- Horarios orientativos para levantarse y descansar.
- Momentos compartidos diarios (comidas, actividades breves).
- Espacios individuales claramente respetados.
- Rituales simples que estructuren el día sin imponer presión.
Convivencia de pareja
Las parejas también se ven impactadas por la convivencia intensiva. La investigación sobre relaciones de pareja indica que la satisfacción no depende de estar constantemente juntos, sino de la calidad del tiempo compartido y del respeto por los espacios individuales.
Momentos de conexión emocional, actividades en paralelo y tiempos de descanso personal son tan importantes como las experiencias compartidas. La falta de este equilibrio suele generar frustración y desgaste.
Gestión de expectativas
La literatura especializada coincide en que las expectativas no explicitadas son una de las principales fuentes de conflicto en vacaciones, incluso más que las tareas o las normas.
Antes del descanso, se recomienda:
- Realizar una reunión familiar breve para expresar expectativas.
- Identificar posibles puntos de tensión.
- Construir acuerdos realistas que integren necesidades individuales y colectivas.
La comunicación asertiva —escuchar sin juzgar y expresar sin atacar— actúa como un factor protector clave del bienestar familiar.
¿Cuándo las vacaciones cumplen su objetivo?
Más allá de la imagen idealizada, existen indicadores claros de vacaciones saludables:
- Menor intensidad de conflictos y mayor capacidad de resolución dialogada.
- Distribución equitativa de responsabilidades.
- Respeto por límites y acuerdos.
- Presencia de descanso real, individual y compartido.
- Percepción subjetiva de mayor bienestar emocional.
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