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Este 1° de mayo, la tradicional conmemoración del Día del Trabajo nos encuentra en un punto de inflexión sin precedentes. No estamos simplemente rememorando luchas históricas, sino navegando la transformación más vertiginosa del empleo en la historia reciente.
Chile, como país OCDE y economía digitalizada, ha vivido este cambio de manera intensa. Al mirar por el retrovisor hacia las décadas de los 80 y 90, e incluso a la prepandemia (2016), y contrastarlo con lo que hoy se denomina el futuro del trabajo (2026), emerge un panorama radicalmente distinto. La ‘pega’ ya no es la misma, y nosotros, los trabajadores y líderes, tampoco.
La Evolución Radical del «Hacer Presencia»
En el Chile de los 90, la máxima era clara: «Pega que no se ve, no se cuenta». El trabajo estaba definido por la geografía de la oficina.
Ayer: El Imperio del Horario recordamos oficinas llenas de cubículos, el sonido de las máquinas de escribir dando paso a los primeros computadores voluminosos, y el infaltable reloj de control. En esa época, el valor de un trabajador se medía, en gran parte, por su puntualidad y por «calentar el asiento». La supervisión era directa, visual y constante.
La «gestión por objetivos» era un concepto futurista; lo que importaba era el cumplimiento de la jornada. Si no estabas físicamente allí, no estabas trabajando. Este modelo fomentaba una cultura de obediencia, donde las jerarquías eran rígidas y las decisiones se tomaban de arriba hacia abajo sin mayor cuestionamiento.
Hoy: La productividad no se mide por las horas de silla, sino por los entregables y la calidad del trabajo. Esto ha permitido una descentralización geográfica, donde una empresa en Santiago puede tener profesionales en Concepción o incluso en el extranjero. No obstante, esto trae nuevos desafíos, como aprender a «desconectarse» y combatir la soledad del teletrabajo.
El Cambio del CV
La forma en que nos vendemos al mercado laboral también ha sufrido una reingeniería profunda, como lo detalla el análisis de las láminas.
Ayer: En los 90 y principios de los 2000, el currículum era un documento estático, a menudo de varias páginas, enfocado en la acumulación. Se detallaba la escolaridad, la universidad y, de forma prominente, el título profesional obtenido. Si no tenías 10 años, no eras «senior». Se privilegiaba la permanencia y la lealtad vertical por sobre la innovación. El CV era una hoja de vida centrada en el pasado.
Hoy: Importa lo que sabes hacer y el impacto que generas. Las empresas hoy buscan resolutores de problemas. Un portafolio de proyectos exitosos o habilidades validadas en plataformas digitales pesa más que un cartón polvoriento.
La entrevista actual se centra en escenarios y casos prácticos. Las habilidades blandas (comunicación, adaptabilidad, inteligencia emocional) son ahora el factor decisivo. Ya no basta con ser ingeniero; hay que ser un ingeniero empático que sepa trabajar en equipos ágiles y diversos. El currículum moderno es dinámico y a menudo se reduce a un perfil de LinkedIn, enfocado en logros cuantificables. Además, aprender nuevas habilidades constantemente es la nueva seguridad laboral.
Responsabilidad Social Interna y el «Salario Emocional»
Ayer: Hace décadas, los «beneficios» se limitaban a la caja de compensación y quizás una gift card de Navidad. Invertir en la salud mental o el desarrollo personal del trabajador se veía como una pérdida de recursos. El estrés no era un diagnóstico; era un «carácter débil». Las empresas no sentían la responsabilidad social de cuidar a sus propios equipos; su responsabilidad terminaba en el pago del sueldo a fin de mes.
Hoy: Actualmente, las mejores empresas en Chile compiten por atraer talento a través de robustos programas de Responsabilidad Social Empresarial enfocados internamente. Salud Mental y Bienestar Emocional: Hoy es común ver talleres de mindfulness, pausas activas obligatorias y convenios para soporte psicológico. La salud mental se ha desestigmatizado y se reconoce como fundamental para el rendimiento.
Capacitación Holística: No solo se imparte capacitación técnica. Se invierte en talleres de comunicación asertiva, manejo del tiempo, y algo crucial en el contexto chileno: talleres de diversidad e inclusión, para integrar genuinamente a equipos multiculturales y de distintas generaciones.
Jefe vs. Líder
Antes: El jefe de antaño
- Autoridad vertical: Mandaba desde arriba, con órdenes que se cumplían sin cuestionar.
- Control rígido: Se enfocaba en supervisar y vigilar más que en inspirar.
- Comunicación unidireccional: El mensaje iba del jefe hacia los empleados, rara vez al revés.
- Énfasis en resultados inmediatos: Lo importante era cumplir metas y horarios, aunque se sacrificara el bienestar del equipo.
- Distancia jerárquica: Se mantenía una separación marcada entre jefe y trabajadores.
- Motivación por miedo o castigo: El error se penalizaba más que se usaba como aprendizaje.
Hoy: El líder
- Autoridad horizontal: Inspira y guía, más que imponer. Se ve como parte del equipo.
- Confianza y autonomía: Promueve que cada persona tenga iniciativa y responsabilidad.
- Comunicación bidireccional: Escucha, retroalimenta y construye diálogo.
- Énfasis en desarrollo sostenible: Importa tanto el resultado como el bienestar y crecimiento del equipo.
- Cercanía humana: Se preocupa por las personas, no solo por los números.
- Motivación por propósito: Inspira con visión y valores, fomenta la colaboración y el aprendizaje.
- Promover justamente/no favoritismo: Un buen líder cuida la cultura.
- Hacer crecer a tu gente: El líder moderno es un mentor.
- Asumir la culpa, no el crédito: El líder moderno tiene humildad.
Proyección: el trabajo hacia 2030
Chile, como miembro de la OCDE, enfrenta el reto de adaptarse a un mercado laboral marcado por la automatización, la economía gig (de trabajos temporales) y la inteligencia artificial. La pregunta ya no es si habrá empleo, sino qué tipo de empleo queremos construir.
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