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La elección del día no es casual: el 24/7 simboliza que el autocuidado debe practicarse las 24 horas del día, los siete días de la semana. Sin embargo, el concepto ha sido simplificado hasta el cansancio. Basta abrir Instagram para encontrarse con fotografías de mascarillas faciales, baños de espuma y mensajes sobre «desconectarse». La ciencia propone una mirada mucho más profunda.
La OMS define el autocuidado como “la capacidad de individuos, familias y comunidades para promover y mantener la salud, prevenir enfermedades y enfrentar situaciones de enfermedad o discapacidad, con o sin el apoyo de profesionales de la salud. La definición es amplia porque reconoce algo fundamental: nadie puede delegar completamente el cuidado de su propia vida”.
Detrás de esta idea existe un sólido marco teórico. La psicóloga Dorothea Orem, una de los principales referentes de la enfermería moderna, desarrolló en la década de 1970 la Teoría del Déficit de Autocuidado. Su planteamiento sostiene que las personas tienen la capacidad —y la responsabilidad— de realizar acciones deliberadas para preservar su bienestar. Cuando esa capacidad disminuye, aparecen desequilibrios físicos, emocionales y sociales.
Décadas más tarde, la psicología positiva, encabezada por Martin Seligman, amplió la conversación incorporando elementos como el propósito de vida, las relaciones significativas y el sentido de pertenencia. Hoy, el autocuidado es entendido como un fenómeno biopsicosocial: no basta con dormir ocho horas si la persona vive aislada, atrapada en una relación abusiva o sometida a estrés laboral permanente.
La evidencia muestra que el autocuidado tiene efectos concretos. La OMS sostiene que adoptar hábitos saludables puede reducir significativamente la incidencia de enfermedades crónicas no transmisibles, responsables de millones de muertes cada año. Dieta equilibrada, actividad física, sueño reparador y vínculos sociales saludables son, actualmente, algunas de las intervenciones preventivas más eficaces y menos costosas para los sistemas de salud.
Chile en contradicción
Durante generaciones, el sacrificio ha sido una virtud. «Trabajar hasta tarde», «aguantar», «no quejarse» y «poner siempre a los demás primero» forman parte de una narrativa profundamente instalada. En especial en mujeres, cuidadores y adultos mayores, el acto de priorizarse continúa siendo interpretado como egoísmo.
El resultado es visible. Chile figura regularmente entre los países con mayores niveles de estrés laboral de la región y mantiene largas jornadas de desplazamiento en las principales ciudades. Para miles de personas, el día comienza antes de las seis de la mañana y termina cerca de las diez de la noche. En ese contexto, el autocuidado suele convertirse en la primera víctima de la rutina.
El sociólogo alemán Hartmut Rosa habla de la «aceleración social», una sensación permanente de que nunca hay suficiente tiempo. La paradoja es que las tecnologías que prometían liberarnos terminaron ampliando nuestra disponibilidad: respondemos correos durante la cena, mensajes laborales un domingo y notificaciones antes de dormir.
No es casualidad que estudios recientes sobre el uso de dispositivos móviles hayan observado que disminuir las notificaciones genera una percepción de mayor productividad y menor distracción. El cerebro humano, simplemente, no fue diseñado para vivir en estado de alerta constante.
Los cinco pilares del autocuidado
- Físico:alimentación, actividad física, sueño y controles médicos.
- Emocional: reconocimientoy regulación de emociones.
- Social: calidadde los vínculos y redes de apoyo.
- Intelectual: aprendizaje continuo y estimulación cognitiva.
- Espiritual o existencial: sentido de vida, valores y propósito.
El autocuidado es sistémico: si una pieza falla durante demasiado tiempo, el resto comienza a resentirse.
Estrategias para llevar a la práctica
- Dormir entre siete y nueve horas.
- Mantener horarios regulares de alimentación.
- Realizar al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada.
- Reducir el tiempo de exposición a pantallas antes de dormir.
- Programar controles preventivos.
- Aprender a establecer límites.
- Practicar pausas conscientes durante la jornada.
- Mantener vínculos sociales significativos.
- Reservar tiempo para actividades placenteras.
- Pedir ayuda profesional cuando sea necesario.
Existe, además, un indicador simple que varios psicólogos utilizan en consulta: si una persona lleva semanas diciendo «no tengo tiempo para mí», probablemente ya está atravesando un déficit de autocuidado.
La pareja: amar sin desaparecer
Existe un mito romántico particularmente peligroso: la idea de que amar implica renunciar. La psicología contemporánea sostiene exactamente lo contrario. Las relaciones más satisfactorias son aquellas donde ambas personas mantienen espacios individuales, amistades propias, proyectos personales y capacidad de poner límites.
- No asumir la responsabilidad emocional absoluta del otro.
- Respetar espacios de intimidad.
- Conversar sobre salud mental y carga doméstica.
- Distribuir responsabilidades de manera equitativa.
- Mantener proyectos individuales.
Una señal de alerta aparece cuando toda la identidad comienza a depender de la relación. Si alguien deja de ver amigos, abandona hobbies o posterga permanentemente sus necesidades para sostener a la pareja, ya no estamos hablando de amor, sino de desgaste.
En Chile, esta situación tiene una particularidad: aún persisten modelos tradicionales donde uno de los integrantes —habitualmente las mujeres— concentra las tareas de cuidado. Diversos estudios sobre uso del tiempo han mostrado que ellas continúan dedicando más horas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados.
En la familia: enseñar con el ejemplo
Los niños no aprenden escuchando; aprenden observando.
Un padre que trabaja enfermo, una madre que jamás descansa o un adulto que normaliza el agotamiento está transmitiendo una poderosa lección: cuidarse es opcional.
Algunas prácticas familiares efectivas incluyen:
- Comer juntos, al menos algunas veces por semana.
- Limitar el uso de pantallas durante las comidas.
- Hablar abiertamente sobre emociones.
- Distribuir tareas domésticas.
- Respetar momentos de descanso.
- Validar la necesidad de pedir ayuda.
En tiempos donde la hiperconectividad domina la vida cotidiana, muchas familias comparten espacio físico, pero no atención. El autocuidado familiar comienza con una acción aparentemente sencilla: estar presentes.
En el trabajo: productividad sin agotamiento
Durante años, el mundo laboral premió el agotamiento. Quien llegaba primero y se iba último era considerado comprometido. Hoy sabemos que el presentismo —estar físicamente presente, pero mentalmente exhausto— tiene costos enormes para las organizaciones.
La Organización Mundial de la Salud reconoció el burnout como un fenómeno asociado al trabajo en 2019, describiéndolo como un síndrome derivado del estrés laboral crónico no gestionado adecuadamente.
En Chile, el debate adquirió una nueva dimensión con la entrada en vigencia de la Ley Karin, que reforzó la prevención del acoso laboral y sexual, recordando que un entorno seguro también forma parte del autocuidado colectivo.
Las empresas que promueven pausas activas, horarios razonables y salud mental no están realizando actos de beneficencia: están invirtiendo en sostenibilidad.
- Evitar reuniones innecesarias.
- Respetar horarios de desconexión.
- Fomentar vacaciones efectivas.
- Capacitar en manejo del estrés.
- Establecer protocolos de apoyo psicológico.
- Reconocer tempranamente señales de agotamiento.
En la amistad: el derecho a decir «hoy no puedo»
La cultura popular ha instalado la idea del amigo incondicional disponible las 24 horas. Pero el autocuidado enseña otra cosa: acompañar no significa inmolarse.
- Decir que no.
- Tomar distancia cuando es necesario.
- Expresar desacuerdos.
- Pedir apoyo sin culpa.
- Celebrar logros sin competencia.
Un dato interesante es que diversos estudios han asociado las redes sociales de apoyo con mejores indicadores de salud física y mental. Las personas con vínculos significativos suelen presentar menores niveles de estrés y mejor capacidad de recuperación frente a eventos adversos.
Autocuidado y sociedad chilena: una deuda cultural
Quizás el desafío más complejo sea pensar el autocuidado como una responsabilidad colectiva.
Chile es un país de contrastes. Existe una enorme capacidad de solidaridad en situaciones de emergencia: terremotos, incendios o inundaciones movilizan rápidamente a las comunidades. Sin embargo, en la vida cotidiana persiste una lógica individualista.
- Nos cuesta pedir ayuda.
- Nos cuesta decir que estamos cansados.
- Nos cuesta admitir que necesitamos terapia.
También nos cuesta respetar los límites de los demás.
El autocuidado, en clave chilena, pasa por pequeñas transformaciones culturales:
- Dejar de glorificar el exceso de trabajo.
- Normalizar la salud mental.
- Respetar los tiempos de descanso.
- Recuperar espacios comunitarios.
- Fortalecer la vida de barrio.
- Promover ciudades caminables y seguras.
- Comprender que el bienestar individual impacta en el colectivo.
La evidencia demuestra que comunidades cohesionadas presentan mejores indicadores de salud y resiliencia. El cuidado, entonces, deja de ser una tarea individual para convertirse en un proyecto social.
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