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El gran motor de este cambio estético fue la irrupción del videoclip. A nivel internacional, MTV se convirtió en la gran pasarela de los modelos a seguir, mientras que en Chile la juventud sintonizaba la televisión abierta para imitar las tendencias. Espacios como Magnetoscopio Musical en TVN, conducido por el emblemático Rodolfo Roth, y Más Música en Canal 13, con Andrea Tessa, se volvieron programas de mirada obligatoria para aprender a vestirse y salir a la calle de la manera más vanguardista posible.
Si en los años sesenta el rock de raíz psicodélica había instalado el pelo largo como el primer gran símbolo contestatario de la juventud, los ochenta exigieron volumen total y manipulación matemática del cuerpo. El cabello debía tener personalidad jurídica propia. En los salones de belleza nacionales y en los baños de las casas particulares, los secadores trabajaban a máxima potencia para levantar las raíces desde la base, mientras toneladas de laca nacional de marcas tradicionales como Studio Line de L’Oréal o los sprays de fijación extrema lograban escarmenados que desafiaban las leyes de la gravedad. La naturalidad no era el objetivo en absoluto; la consigna de los ochenta era destacar, ocupar espacio físico y resistir la homogeneidad a través del exceso.
Cuando las guitarras dictaban la moda
El ala masculina de la música anglo dictó pautas que dividieron a las tribus urbanas locales en facciones estéticas sumamente definidas, comenzando por el esplendor teatral del Glam Metal. Figuras como Jon Bon Jovi y Joey Tempest, el recordado vocalista de la banda sueca Europe, encarnaron la sofisticación del cabello «aleonado» y de la permanente masculina. Ellos popularizaron el uso de gillet de mezclilla desgastados sobre camisetas de algodón sin mangas, pantalones de jeans sumamente ajustados y chaquetas con hombreras estructuradas que parecían diseñadas tanto para llenar un estadio mundial como para transitar en el transporte público santiaguino.
A pocos metros en las preferencias juveniles aparecían agrupaciones más extremas como Poison, Mötley Crüe y el carisma magnético de David Lee Roth al frente de Van Halen. Estas bandas llevaron la provocación de género al límite absoluto mediante el uso de pañuelos amarrados a la cabeza, pantalones de cuero spandex, estampados de animal print, tachas oxidadas, botas vaqueras de caña alta y un maquillaje recargado que incluía delineador negro y labiales oscuros.
Guns N’ Roses
Hacia finales de la década, esta sofisticación cosmética sufrió una contraofensiva callejera y cruda con el desembarco masivo de Guns N’ Roses. El debut de Axl Rose, Slash y compañía derribó los peinados perfectos del glam en favor de una desprolijidad peligrosa y urbana. El pañuelo rojo amarrado directamente sobre la frente de Axl Rose, las poleras negras gastadas con logotipos de bandas, las camisas de franela a cuadros amarradas flojamente a la cintura y las zapatillas blancas de lona de caña alta construyeron un nuevo uniforme.
Michael Jackson
A esta corriente rockera se sumó el impacto indiscutible de figuras del pop que redefinieron el concepto de espectáculo musical y vestuario masivo. El fenómeno de Michael Jackson con sus álbumes Thriller y Bad caló hondo en la cultura popular chilena. Sus chaquetas de cuero cortas repletas de cierres cruzados y aplicaciones doradas, el inolvidable guante único brillante cubierto de lentejuelas, los mocasines negros de charol combinados de forma deliberada con calcetines blancos y, por supuesto, la célebre casaca de cuero rojo con franjas negras inspiró miles de disfraces, coreografías en actos escolares de norte a sur y celebraciones de cumpleaños a lo largo de todo el territorio nacional.
La era del pop británico
De forma simultánea, el pop británico aportaba su propia dosis de sofisticación y ambigüedad andrógina a través de Boy George y el grupo Culture Club. Sus túnicas de colores, sus trenzas infinitas adornadas con cintas de raso, sus sombreros de ala ancha y un maquillaje impecable. Del mismo modo, Simon Le Bon y los integrantes de Duran Duran instalaron el concepto del «New Romantic» en las pistas de baile chilenas: blazers de lino de colores pastel con las mangas arremangadas, pantalones de pinzas anchos en las caderas, pero estrechos en los tobillos, corbatas delgadas de cuero y peinados asimétricos fijados con gel que emulaban la elegancia náutica y europea de los videoclips filmados en el Mediterráneo.
Madonna
Madonna se alzó como el icono absoluto de esta revolución de la vestimenta. Su audaz propuesta de apropiación iconográfica, que mezclaba lo sagrado con lo profano, caló hondo en las adolescentes locales. Los crucifijos de fantasía colgados en capas, los guantes de encaje sin dedos que dejaban ver las muñecas, las decenas de pulseras de goma negra apiladas hasta cubrir el antebrazo, las faldas de tul superpuestas sobre mallas de lycra y los corsés usados como prenda exterior comenzaron a aparecer de forma masiva en las fiestas de quince años, las matinés bailables de los fines de semana y los paseos escolares.
Si la «Reina del Pop» representaba la transgresión y la provocación sensual, Cyndi Lauper demostró a las jóvenes chilenas que la originalidad y la extravagancia lúdica eran herramientas de expresión plenamente válidas frente al glamour tradicional. Su icónico cabello teñido con colores estridentes como el fucsia, el naranjo y el amarillo, el juego desenfadado de prendas de ropa superpuestas de distintas texturas, las medias de red de tonos discordantes, los cinturones de cuero anudados de forma asimétrica a la cintura y los accesorios plásticos desproporcionados impulsaron una estética divertida.
Paula Abdul
Por su parte, Paula Abdul introdujo de lleno la influencia del street dance neoyorquino y la naciente cultura del hip-hop que se expandía gracias a la rotación de sus videos musicales. Los blazers oscuros de hombros gigantescos provistos de hombreras de espuma, los pantalones de mezclilla de tiro sumamente alto que estilizaban la figura, los tops de lycra ajustados y los cintillos elásticos deportivos de toalla marcaron una tendencia masiva que colonizó con rapidez las academias de danza urbana, los talleres de aeróbica de barrio y los grupos coreográficos juveniles de la época.
Tina Turner
Tina Turner proyectaba madurez, resiliencia y poder: un cabello salvaje, encrespado y recortado en capas leoninas, minifaldas de cuero negro texturizado, chaquetas de mezclilla gastadas con el cuello levantado y las rompía de golpe con la delicadeza y la sumisión tradicionalmente atribuidas a las solistas femeninas
En paralelo a esta corriente, figuras fundamentales como Pat Benatar, Joan Jett y la escocesa Annie Lennox al frente de Eurythmics consolidaban una versión mucho más sobria, rockera y andrógina del vestuario femenino. El uso del cuero negro, las botas militares, las chaquetas de motociclista cortas y el cabello desordenado. Esto con cortes de estilo mullet o pixie demostraban que el rock y el pop de vanguardia. También se conjugaban con fuerza de mujer sin necesidad de apelar a la hiperfeminización obligatoria.
Annie Lennox, con su traje de sastre masculino de corte perfecto. Su cabello corto teñido de un naranjo zanahoria encendido y su mirada desafiante en las pantallas de televisión rompió los esquemas estéticos de la época, ofreciendo un espejo de modernidad absoluta para una generación atrapada en el conservadurismo de la sociedad de entonces.
Portal Lyon y el Paseo Las Palmas como centros de la estética
En la capital chilena, el Portal Lyon y el Paseo Las Palmas, ambos ubicados en el corazón de la comuna de Providencia. Se erigieron como los verdaderos templos subterráneos de la contracultura, las tribus urbanas y las tendencias de vanguardia. En estos pasillos, los jóvenes no solo buscaban ropa importada de contrabando o confeccionada a baja escala. Sino que también intercambiaban discos, casetes grabados de la radio y datos sobre conciertos clandestinos. Mientras tanto, las tradicionales galerías del centro de Santiago, como la Galería Imperio o los locales del Paseo Ahumada, hospedaban un comercio minorista más masivo que democratizaba estas estéticas para el público general.
Este fenómeno no fue exclusivo de Santiago. En regiones ocurrió un proceso de descentralización de la moda sumamente dinámico. Por otro lado, en ciudades como Concepción, Viña del Mar, Valparaíso, Temuco o Antofagasta comenzaron a proliferar pequeñas boutiques independientes y talleres de costura barriales. En estos espacios, costureras locales y jóvenes emprendedores replicaban de forma casi exacta los looks.
Los mejores atuendos
El gran emblema democrático de la cultura pop fue el jean. Su característica apariencia ultra desgastada con manchas blancas irregulares. Obtenida en los talleres textiles mediante procesos de lavado químico industrial que incluían el uso de piedra pómez y cloro. Se usaban con vastas rígidamente dobladas hacia arriba en un doblez grueso para lucir con orgullo las zapatillas de lona. Las zapatillas blancas de caña alta con cordones de colores o los pesados bototos de cuero de estética militar. Dependiendo estrictamente de la tribu urbana a la que se deseara pertenecer y proyectar en el espacio público.
A esta prenda fundamental se sumaba el uso obligatorio de las chaquetas de mezclilla gruesa con las mangas remangadas a la altura de los antebrazos. Los chalecos de cuero negro con parches cosidos a mano. Las poleras estampadas mediante serigrafía artesanal con los nombres y logotipos de las agrupaciones musicales del momento. Las hombreras exageradas y los cinturones anchos provistos de grandes hebillas metálicas con motivos geométricos o calaveras.
Peinados y maquillajes
Las mujeres dedicaban largos minutos a preparar meticulosamente «la base» del peinado. Los rulos realizados pacientemente con tubos plásticos o moldeados con grandes cepillos redondos bajo el calor del secador daban la estructura necesaria al cabello. Esto antes de proceder a levantar la parte superior mediante la técnica del escarmenado con abundante laca para asegurar la durabilidad durante el día.
El maquillaje de los años 80 seguía exactamente la misma lógica de la visibilidad. Las sombras de ojos en tonos azules eléctricos, violetas profundos y fucsias estridentes convivían de forma directa con delineadores negros densos. Abundante máscara de pestañas para intensificar la mirada y rubores sumamente marcados aplicados en diagonal sobre los pómulos para angular el rostro. Los labios se delineaban con tonos oscuros y se rellenaban con colores intensos y brillantes.
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