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Hubo un tiempo en que el trabajo estaba ligado a una dirección física. La identidad profesional comenzaba al atravesar la puerta de una oficina y terminaba al marcar la salida.
Durante gran parte del siglo XX, el éxito empresarial se medía por el tamaño de los edificios corporativos, la cantidad de escritorios y el número de empleados presentes. Las oficinas abiertas aparecieron en los años 60 buscando fomentar la colaboración, pero terminaron siendo criticadas por aumentar el ruido, disminuir la concentración y generar más estrés.
Un escritorio, un jefe y una jornada fija
Muchos creen que el coworking nació con la pandemia, pero su historia comenzó mucho antes. En 1999, el diseñador de videojuegos Bernie DeKoven utilizó por primera vez el término coworking para describir una forma de trabajo colaborativa. Sin embargo, fue el 9 de agosto de 2005 cuando el programador estadounidense Brad Neuberg publicó una invitación abierta para compartir un espacio de trabajo en San Francisco, buscando combinar la libertad de la “pega” independiente con el sentido de comunidad de una oficina tradicional.
Lo interesante es que Neuberg no estaba intentando crear un negocio inmobiliario, intentaba resolver un problema psicológico. Quería combatir la soledad del trabajador independiente sin perder autonomía. Dos décadas después, esa necesidad continúa siendo una de las razones principales para utilizar estos espacios.
El Covid obligó al teletrabajo
Muchos imaginaron que el teletrabajo reemplazaría definitivamente a las oficinas. Ocurrió exactamente lo contrario. Después de varios años trabajando desde el hogar aparecieron nuevos problemas:
- Aislamiento social
- Dificultades para separar la vida personal del trabajo;
- Aumento de la ansiedad;
- Menor creatividad colectiva;
- Agotamiento digital.
Fue entonces cuando el coworking dejó de ser un lugar para emprendedores tecnológicos y comenzó a atraer empresas completas que buscaban un modelo híbrido. Hoy muchas organizaciones mantienen oficinas centrales más pequeñas y permiten que parte de sus trabajadores utilicen espacios compartidos cerca de sus hogares.
Lo que cambió y casi nadie imaginó
El salto cuántico ocurrió cuando el modelo se industrializó. De acuerdo con datos globales del mercado de espacios flexibles, la industria está tasada en más de 15.000 millones de dólares y agrupa más de 35.000 ubicaciones a lo largo del mundo. Lo fascinante no es su expansión cuantitativa, sino su mutación genética: lo que comenzó como un oasis para «freelancers» sin presupuesto hoy alberga de forma masiva a multinacionales. De hecho, cerca del 60% de los miembros en complejos corporativos de coworks en América Latina y el Cono Sur pertenecen ya a grandes dotaciones empresariales que tercerizan sus metros cuadrados.
Tiempos de antes versus la era de la hiperflexibilidad
Para dimensionar el cambio cultural, vale la pena poner en contraste el paradigma laboral de finales del siglo XX con el ecosistema contemporáneo:

La trastienda de la co-residencia profesional
Ningún modelo sobrevive sin contradicciones. Celebrar el coworking exige mirar con lupa tanto sus virtudes sociológicas como sus pasivos ocultos.
Beneficios:
- Sinergia y serendipia: La casualidad estructurada. En un pasillo de café o frente a una impresora compartida ocurren cruces transdisciplinarios impensados en una oficina estanca. Un psicólogo organizacional puede auditar la cultura de una startup de software en tres minutos de charla informal.
- Reducción de la fricción operativa: Para emprendedores y pymes, eliminar la gestión de cuentas de luz, internet, aseo y recepción representa un alivio financiero y mental categórico.
- Salud mental contra el aislamiento: Trabajar en solitario desde casa (home office) demostró tasas alarmantes de depresión y fatiga pandémica. El cowork devuelve el sentido de pertenencia a una tribu urbana activa.
Contras:
- La tiranía del ruido y la extroversión: Los espacios abiertos penalizan sistemáticamente a las personalidades introvertidas o a quienes requieren concentración profunda. El diseño imperante prioriza la estética visual por sobre la ergonomía acústica.
- La gentrificación del espacio laboral y la precariedad disfrazada: Bajo el paraguas de la «libertad», muchos profesionales independientes operan bajo una carencia disfrazada de modernidad, pagando tarifas elevadas por metros cuadrados que antes eran derechos garantizados (como escritorios estables).
- El presentismo posmoderno: La ilusión de libertad choca contra la presión social del entorno. En muchos coworks se premia la sobreexposición y la cultura del esfuerzo extremo, normalizando jornadas maratónicas bajo una fachada cool.
Lo que nunca antes se había visto
La irrupción masiva de este formato ha inaugurado patologías y dinámicas sociológicas inéditas que las normativas laborales aún no alcanzan a tipificar:
- El «Efecto Tinder» Profesional: La mercantilización de las relaciones humanas en el espacio de trabajo. Las aplicaciones internas de los coworks permiten scrollear perfiles profesionales, filtrar por habilidades y concertar «citas de negocios» o cafés express de networking con total inmediatez, transformando el tejido comunitario en un mercado de oferta y demanda interpersonal.
- El síndrome de fatiga ambiental: Vivir rodeado de neones motivacionales, plantas de interior hidropónicas, paredes de ladrillo visto y mesas de pimpón genera una presión psicológica sutil pero implacable: hay que ser feliz, creativo y productivo obligatoriamente porque el entorno «es divertido».
- La erosión total del domicilio privado: Al volverse la casa oficina y la oficina un club social, el cerebro humano perdió las coordenadas geográficas del descanso. El trayecto de regreso a casa ya no marca el fin de la labor mental; la laptop viaja en la mochila como una extremidad fantasma dispuesta a encenderse a medianoche.
Tendencias y el futuro del hábitat laboral
Las proyecciones económicas y urbanísticas indican que hacia la próxima década el mercado de espacios flexibles duplicará su valor actual. ¿Cómo lucirá el coworking del mañana?
- Especialización sectorial radical: Estamos migrando de los espacios genéricos para cualquiera a hipernicho. Ya operan coworks exclusivos para biotecnología con laboratorios compartidos, centros dedicados a la industria legal-tech con normativas de ciberseguridad militar, o espacios orientados exclusivamente a la “economía plateada” y creadores de contenido audiovisual con estudios insonorizados de alta gama.
- Precios dinámicos e Inteligencia Artificial: Al igual que las aerolíneas, las plataformas de gestión de coworks implementan modelos predictivos donde el valor de un escritorio privado o una sala de reuniones fluctúa en tiempo real según la demanda estacional, la ocupación del edificio y los flujos de tráfico de la ciudad.
- Descentralización: La tendencia apunta a descongestionar los centros financieros metropolitanos. El futuro inmediato sitúa a los coworks en los barrios residenciales y ciudades satélites, permitiendo que los trabajadores disminuyan sus tiempos de traslado a quince minutos a pie o en bicicleta, reconciliando por fin la ciudad con la vida comunitaria local.
Las mejores anécdotas mundiales
- En un espacio de coworking de Silicon Valley, dos emprendedores discutían una idea durante el almuerzo. No tenían papel, así que dibujaron el modelo de negocio en una servilleta. Meses después consiguieron financiación y esa servilleta terminó enmarcada en la oficina de la startup.
- Un fundador pasó semanas trabajando al lado de una persona con aspecto informal que parecía otro freelancer. Cuando comentó sus dificultades para conseguir financiación, descubrió que su vecino era socio de un fondo de inversión. La conversación terminó con una reunión formal y una posible inversión.
- En un coworking de Londres, un perro que acompañaba a uno de los miembros se convirtió en la mascota informal del espacio. Personas que nunca hablaban entre sí empezaron a coincidir alrededor del animal. Varias colaboraciones empresariales surgieron gracias a esas conversaciones casuales.
- Una persona asistió por error a una reunión dentro del coworking creyendo que era sobre tecnología. En realidad era sobre sostenibilidad. Allí conoció a quien terminaría siendo su socio comercial para desarrollar soluciones tecnológicas ambientales.
- Durante una reunión internacional, falló el intérprete contratado. Un miembro del coworking que pasaba por allí dominaba ambos idiomas y ayudó espontáneamente. La negociación salió adelante y terminó generando nuevos negocios para todos.
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