Getty Images
Mucho antes de que las pantallas dominaran los hogares, el humor circulaba de boca en boca y el circo criollo fue uno de sus primeros grandes escenarios. En la pista central se configuraron arquetipos entrañables como el «tonto listo», el campesino ingenioso y el roto chileno, personajes capaces de sortear la adversidad gracias a la astucia antes que a la fuerza bruta.
Esta identidad popular encontró un aliado definitivo en 1949 con el nacimiento de Condorito, la célebre creación de René Ríos Boettiger, «Pepo». Aunque nació en el papel, la historieta retrató como pocas el ADN del humor nacional mediante el uso del doble sentido, la ironía, el absurdo, la camaradería de barrio y esa resiliencia tan chilena de transformar la desgracia en risa.
El «¡Plop!» trascendió la viñeta para incorporarse al habla cotidiana, demostrando que la comedia local poseía un sello único. Mientras tanto, el teatro de revistas florecía mezclando música, baile y rutinas apoyadas en caricaturas sociales rudimentarias, con el objetivo simple de hacer reír sin cuestionar demasiado la realidad.
Los años 70: La risa bajo vigilancia
Con la masificación de la televisión, la comedia encontró una vitrina capaz de congregar a millones de personas en torno a una misma señal. Espacios como Sábados Gigantes. Conducido por Don Francisco, se transformaron en verdaderas escuelas para decenas de artistas. Sin embargo, el golpe de Estado de 1973 alteró drásticamente las reglas del juego. La estricta censura imperante obligó a los humoristas a refugiarse en territorios seguros. La contingencia política desapareció de los libretos y fue reemplazada por enredos matrimoniales, suegras autoritarias y conflictos domésticos inofensivos.
En este complejo escenario brilló Bigote Arrocet, cuyo estilo descansaba en el manejo de los silencios, el absurdo y los juegos de palabras, marcando a fuego la métrica de los comediantes venideros. Asimismo, destacaron figuras como Pepe Tapia con sus memorables imitaciones y Jorge Romero «Firulete». Dueño de un humor blanco y cercano que conectaba con toda la familia. En un país cruzado por el silencio y el miedo, el humor cumplió una función que iba más allá del mero entretenimiento. Se convirtió en un breve respiro colectivo y en una herramienta para aliviar una realidad asfixiante.
Los años 80: La gran fábrica televisiva
El panorama humorístico cambió para siempre en 1978 con el estreno del Jappening con Ja. Un fenómeno que redefinió la comedia nacional. Eduardo Ravani, Fernando Alarcón, Gloria Benavides y Jorge Pedreros, junto a un elenco brillante, introdujeron la estructura del sketch musical, la sátira de oficina y los personajes recurrentes. Dejando atrás el formato del contador de chistes tradicional. En paralelo, emergió la figura de Coco Legrand, quien se alzó como el gran cronista de la clase media chilena. Con una agudeza inédita, Legrand desnudó las aspiraciones, el consumo, el matrimonio y las contradicciones de la sociedad de la época. Su éxito no dependía del remate rápido, sino de la identificación; el público no solo se reía, sino que se miraba al espejo.
A pesar de estos avances creativos, la década también reflejó una veta cultural muy distinta a la contemporánea. El lenguaje humorístico aceptado por la sociedad de entonces se nutría fuertemente de la caricatura física y el menosprecio. Los personajes afeminados, las mofas sobre la gordura, la tartamudez, el envejecimiento o la ingenuidad de las mujeres eran recursos recurrentes que rara vez despertaban cuestionamientos éticos.
Los años 90: Democracia y rating
El retorno a la democracia en 1990 abrió compuertas temáticas clausuradas por años. En una televisión en plena expansión, el humor se transformó en el motor principal de las batallas por el rating. De hecho, en este período, Álvaro Salas se consolidó como el maestro indiscutido del chiste corto gracias a un dominio casi matemático del ritmo y el remate escrito.
En la vereda de la comedia callejera, el fenómeno de Dinamita Show hizo historia al trasladar el lenguaje de las poblaciones y las micros al Festival de Viña del Mar. Esto sin perder un ápice de frescura, visibilizando a ese Chile periférico que la televisión solía ignorar.
A la par de contadores clásicos de historias largas como Dino Gordillo, comenzó a abrirse paso Bombo Fica. Proveniente del mundo sindical, Fica implementó un estilo reconocible por su crítica social implícita y su enfoque en las peripecias del ciudadano de a pie, demostrando que era posible reventar escenarios masivos sin recurrir al insulto o al estereotipo burdo.
La oferta televisiva también se diversificó con propuestas radicalmente opuestas: desde el costumbrismo tradicional de De Chincol a Jote y la actualidad de Mediomund. Hasta la irreverencia incómoda y vanguardista de Plan Z en el canal Rock & Pop, espacio liderado por Pedro Peirano y Álvaro Díaz que dinamitó todas las convenciones de la pantalla chica al burlarse de los poderes fácticos y de la propia audiencia.
Del chiste al relato: La revolución del Stand Up
A comienzos de los años 2000, la comedia chilena experimentó su metamorfosis más profunda. El mayor acceso a internet, la televisión por cable y los viajes al extranjero permitieron a las nuevas audiencias descubrir a referentes anglo como Jerry Seinfeld o Chris Rock. Así como el auge del stand up en Argentina. Los espectadores comprendieron que ya no era necesario usar disfraces, pelucas ni estructurar la rutina bajo el clásico «iba un chileno, un argentino y un boliviano…». Ahora se trataba de pararse frente al micrófono con ropa de calle y hablar en primera persona.
El catalizador definitivo de este cambio fue El Club de la Comedia en 2007. Una nueva camada de guionistas y actores, entre ellos Sergio Freire, Fabrizio Copano, Pedro Ruminot y Natalia Valdebenito, transformó el monólogo en el nuevo estándar del humor nacional. El público comenzó a buscar la identificación en las tragedias cotidianas: las deudas, las crisis de pareja, el Transantiago, la crianza y la alienación laboral.
Mientras esta revolución nacía en los bares, dos fenómenos paralelos habitaban la televisión. Por un lado, Stefan Kramer revolucionó el arte de la imitación llevándolo a un nivel hiperrealista mediante un estudio milimétrico de la psicología, gestos y corporalidad de figuras públicas como Marcelo Ríos o Sebastián Piñera.
Por el otro, el programa Morandé con Compañía se erigió como el último gran bastión del humor de revista tradicional. Aunque lideró la sintonía por dos décadas con recursos basados en el doble sentido y los estereotipos de antaño, terminó cediendo ante un Chile que cambió sus sensibilidades y comenzó a cuestionar éticamente los blancos de las burlas.
La mujer deja de ser el chiste
Uno de los giros más significativos de los últimos años ha sido la reformulación del rol femenino en la comedia. Durante décadas, las mujeres estuvieron relegadas a ser el remate de la rutina de un hombre: la suegra insufrible, la esposa controladora o la modelo ingenua objeto de deseo. Este paradigma se quebró gracias a la irrupción de comediantes como Natalia Valdebenito, Chiqui Aguayo, Alison Mandel, Pam Pam y Paloma Salas, entre otras.
Al tomar el micrófono y la autoría de sus propios libretos, instalaron temáticas como la carga mental, la desigualdad de género, la sexualidad libre y la maternidad real, logrando que miles de mujeres se vieran reflejadas genuinamente sobre el escenario por primera vez.
El humor hoy: Un escenario sin dueños en la era digital
«En los años setenta no podía hacerse humor político; en los noventa casi nadie cuestionaba los chistes homofóbicos. Hoy ocurre exactamente lo contrario».
La discusión contemporánea sobre si la «corrección política» limita la creatividad o si simplemente eleva el estándar de la escritura sigue abierta, pero lo cierto es que los límites del humor siempre se mueven con los cambios generacionales. Actualmente, las redes sociales han modificado para siempre la relación entre el comediante y su audiencia: una rutina ya no termina cuando baja el telón. SAino que continúa su escrutinio en X, TikTok, Instagram o YouTube.
El ecosistema de la comedia se ha democratizado por completo. El poder ya no reside de forma exclusiva en los ejecutivos de un canal de televisión. Hoy, un video viral o un podcast exitoso pueden llenar teatros de manera independiente antes de recibir un llamado de la pantalla abierta. Carreras consagradas como las de Edo Caroe, Luis Slimming o el humor inclasificable y de culto de Felipe Avello demuestran que las audiencias se construyen hoy desde la autogestión y la complicidad digital.
También puedes leer en Radio Imagina. Muere esposa de querido futbolista tras derrumbe de edificio: Salvó a su bebé de pocos meses