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Con la llegada de los meses más fríos del año, los días se vuelven visiblemente más cortos, las mañanas se tiñen de niebla gris y las sábanas parecen retenernos con más fuerza. Es común escuchar en las conversaciones cotidianas frases que atribuyen una pesadez anímica directa a la temporada invernal. «Me da depresión de invierno», comentan algunos mientras observan la lluvia o el descenso del termómetro.
Pero ¿qué tan real es este fenómeno desde la perspectiva científica y clínica? ¿Estamos condicionados biológicamente a sufrir una baja en nuestro estado de ánimo o se trata de una narrativa cultural que sobredimensiona el letargo natural del invierno?
La mirada de la psicología clínica
Dar por sentado que el invierno equivale automáticamente a una crisis emocional es uno de los errores más frecuentes cuando se habla de salud mental. Cada persona procesa el entorno de manera distinta. No existe un determinismo climático absoluto que dicte la felicidad o la tristeza colectiva, sino una interacción compleja entre la biología individual, el contexto social, los hábitos cotidianos y la historia de vida de cada persona.
«Ahí yo tendría cuidado con la idea de dar por hecho que muchas personas van a tener un bajón de ánimo en invierno. Recordemos que hay gente a la que le encanta el invierno, que lo disfruta mucho. Yo más bien lo tomaría en el caso a caso, no es algo que sea común para todas las personas. Y uno de los factores a tener en consideración para mantenerse estable, para estar bien, tiene que ver con la pregunta: ¿qué me está pasando en el fondo? ¿Me siento con menos ánimo?», señala Felipe Concha, doctor en Psicología y director de Centro Árbol.
La advertencia es relevante porque permite evitar dos errores frecuentes: atribuir cualquier malestar emocional al invierno o, por el contrario, ignorar dificultades personales importantes pensando que todo se debe al clima. El punto de partida siempre es preguntarse qué está ocurriendo realmente en nuestra vida emocional.
¿Qué ocurre en nuestro cerebro?
Para comprender los casos en que el invierno sí se relaciona con un decaimiento anímico, la ciencia apunta a la disminución de la luz solar y sus efectos sobre el funcionamiento cerebral.
Cuando hay menos horas de luz, la retina recibe una menor estimulación lumínica, lo que influye en el hipotálamo, una estructura cerebral encargada de regular los ritmos biológicos. Este proceso puede alterar la producción y regulación de sustancias asociadas al estado de ánimo y al ciclo sueño-vigilia.
La serotonina, neurotransmisor vinculado al bienestar emocional, puede disminuir cuando la exposición a la luz natural es menor. Esto se ha asociado a síntomas como cansancio, irritabilidad, menor motivación y un aumento en el deseo de consumir alimentos ricos en carbohidratos. Al mismo tiempo, la melatonina, hormona que regula el sueño, puede verse alterada por las largas horas de oscuridad, favoreciendo sensaciones de somnolencia y baja energía durante el día.
Aunque estos cambios no afectan a todas las personas por igual, ayudan a explicar por qué algunas experimentan una mayor vulnerabilidad emocional durante los meses de invierno.
La realidad chilena
Al observar el fenómeno en Chile, la geografía también juega un papel importante. La gran extensión territorial del país genera diferencias significativas en la cantidad de luz disponible durante el invierno, especialmente entre el norte y el extremo sur.
«Efectivamente, hay un mayor riesgo, pero no hay que alarmarse en el sentido de que todos nos vamos a deprimir más porque es invierno. Hay factores importantes, como la disminución de las horas de luz, y eso se ha visto en algunas regiones donde la noche es muy larga y el día es muy corto, que efectivamente hay mayor presencia de depresión o de malestar anímico. Acá en Chile es una posibilidad; en las regiones centrales y el norte quizás menos. En el sur puede ser que, asociado a la lluvia, sí haya más riesgo. En el fondo no es simplemente la disminución de horas, sino que también está más nublado y hay menos luz en general», explica Felipe Concha.
La evidencia muestra que los factores ambientales pueden influir en el bienestar psicológico, pero siempre interactúan con elementos personales y sociales. Por eso resulta más útil pensar en probabilidades y factores de riesgo que en una relación directa y automática entre invierno y depresión.
Más allá del malestar pasajero
Uno de los desafíos más importantes en educación emocional es distinguir entre las fluctuaciones normales del ánimo y un cuadro que requiere atención especializada.
Sentirse triste después de una discusión, experimentar cansancio tras una semana exigente o tener menos energía en ciertos momentos del invierno son experiencias humanas habituales. No toda tristeza es una enfermedad, ni todo desánimo corresponde a una depresión.
Para diferenciar ambas situaciones, los especialistas suelen observar tres aspectos fundamentales: cuánto tiempo se mantiene el malestar, si la persona logra experimentar alivio con actividades que normalmente le hacen bien y si existen factores concretos que expliquen ese estado emocional.
«Quizás sea efectivamente el clima y la falta de luz, pero también puede ser elementos del trabajo, la familia, y ahí los tenemos que abordar igual que durante cualquier otra época del año. Si podemos trabajarlo nosotros mismos, con nuestro círculo cercano, bien, y si no, buscar ayuda profesional. Ahora, ¿cómo sé si esto es de preocupación o no? Lo primero tiene que ver con que, si tengo un bajón de ánimo pasajero, momentáneo, quizás simplemente es un mal día, un problema, una pelea que tuve con alguien. Como todo malestar va a tener su efecto y debería desaparecer pronto. Cuando ese estado de malestar se mantiene en el tiempo y no logro cambiar mi ánimo a pesar de hacer cosas que me hacen bien o de conversarlo, ahí ya empieza a ser de preocupación», comenta el director de Centro Árbol.
La importancia de una evaluación profesional
Cuando el malestar persiste y comienza a interferir con la vida cotidiana, resulta recomendable buscar orientación profesional.
«Ahí viene la tercera parte, que sería distinguir si le puedo echar la culpa a algo directamente. Efectivamente, estoy con problemas en el trabajo, burnout, me tiene estresado, algún tipo de situación o un duelo. Ahí no necesariamente sería el tema del invierno. Y la pregunta es si lo puedo resolver por mi cuenta, con mis recursos, mi familia y amigos, o necesito ayuda. Si ya me doy cuenta de que no lo estoy pudiendo resolver, es un buen momento para pedir ayuda y, junto a un profesional, delimitar cuál es el fenómeno clínico específico por el que estoy atravesando. Podría ser una depresión tradicional, entre comillas, que me puede dar en invierno, verano, otoño o primavera, o podría ser una depresión estacional. Y eso lo voy a saber mirando mi historia de vida, cuántas veces se ha repetido, quizás bajas de ánimo en momentos de baja luminosidad de invierno directamente», indica el especialista.
Una evaluación profesional permite distinguir si el malestar corresponde a una depresión que puede aparecer en cualquier época del año o si existe un patrón estacional asociado a los meses de menor luminosidad. Esta diferencia es importante para comprender el fenómeno y orientar adecuadamente el abordaje terapéutico.
El peligro de la hibernación social y conductual
Más allá de los factores biológicos asociados a la disminución de la luz solar, la psicología conductual pone atención en otro fenómeno menos evidente: los cambios que realizamos en nuestras rutinas durante el invierno.
A medida que baja la temperatura y oscurece más temprano, muchas personas comienzan a reducir actividades recreativas, encuentros sociales y espacios de esparcimiento. Lo que inicialmente parece una adaptación razonable puede terminar disminuyendo justamente aquellas experiencias que contribuyen al bienestar emocional.
«Hay que considerar otros factores que aparecen en el invierno, como que nos refugiamos más, estamos más en la casa, vemos menos a nuestros amigos y familia. Quizás estamos dejando de hacer alguna afición porque hace frío, desde sacar a pasear al perro, ir al gimnasio o al cine. Entonces una cosa es el repliegue energético producto de menos luz, más frío, necesidad de estar calentito y comer alimentos más calóricos, y otra son las consecuencias que eso tiene en las cosas que nos hacen bien durante el año. Lo importante ahí es no perder nuestros hobbies, nuestros gustos y la gente con la que nos sentimos bien», explica Concha.
Esta diferencia resulta clave. Necesitar más descanso o buscar espacios de abrigo es una respuesta natural frente a las condiciones climáticas. El problema aparece cuando ese repliegue se transforma en aislamiento, abandono de actividades significativas o desconexión de los vínculos que nutren emocionalmente a la persona.
Estrategias luminosas
Cuidar la salud mental durante el invierno no implica luchar contra la estación ni exigirnos mantener exactamente los mismos niveles de energía que tenemos en verano. La clave está en adaptarse de manera flexible a las nuevas condiciones, preservando aquello que favorece el bienestar.
Una de las recomendaciones más importantes consiste en resignificar los espacios de refugio. Permanecer más tiempo en casa no tiene por qué convertirse en sinónimo de aislamiento o encierro.
«Otras cosas que podemos hacer es preguntarnos activamente qué nos hace bien y qué nos mantiene a salvo, qué nos hace sentir resguardados. Si necesito quedarme un poco más en la casa, refugiarme, estar calentito, por supuesto, permitírselo. Tratar de hacer panoramas propios del invierno que nos traigan bienestar. Aprovechar distintas cosas, la nieve para quienes pueden acceder a ella, tardes de película, juntarse en casa en vez de salir. Ahí cada uno ve lo que mejor le hace. Y quienes disfrutan el invierno, aprovechar esta época al máximo», señala el terapeuta.
A nivel práctico, también resulta beneficioso exponerse a la luz natural durante el día, incluso cuando el cielo está nublado. Abrir cortinas desde temprano, realizar caminatas breves en horarios de mayor luminosidad y mantener rutinas regulares de sueño contribuyen a sostener una mejor regulación biológica y emocional.
Del mismo modo, conservar los espacios de encuentro social puede marcar una diferencia significativa. Quizás las actividades cambien de formato, pero mantener el contacto con amigos, familiares o grupos de interés ayuda a reducir la sensación de aislamiento y fortalece los recursos emocionales disponibles.